domingo, 21 de marzo de 2010

Raíces


"-Hola, buenas tardes"

Eso era todo lo que había para decir, con un súbito ojear ya había percibido la totalidad de la habitación, sabía que aquél lugar me pertenecería, y sería cuna de muchas lágrimas, o tal vez sonrisas, o tal vez más vacíos que los de costumbre solía tener cuando venía de allí. Sí, de aquel lejano pero profundo lugar, de mi lugar, del que nunca podía desarraigarme por más esfuerzos que hiciera. Convengamos que mis esfuerzos tenían un poco de contradicción subconsciente -como todas las que poseo-.

-¡Bienvenida! me resopondieron con un cálido abrazo

Todo era lejano, lejano de llegar, de aterrizar allí, pero sabía que me arraigaría, sabía que pronto ese iba a ser mi lugar.

No tardó en pasar más de una hora que ya estábamos sumergidas en una intensa charla, con sonidos de fondo, aromas, y una atmósfera particular pero envolvente, yo me entregaba, abría mis alas.

El fulgor de aquella piedra incandescente interrumpió mis relatos más de una vez, y sí, claro, debía concentrarme en algo ajeno a lo mío, de lo contrario no sería yo. 

Cada vez era más intensa la charla, había perdido la noción del tiempo, incluso, del espacio, no quería irme, pero ya era la hora.

Cuando salí, a mi alrededor, el piso fulguraba como aquella piedra luminosa que había visto minutos antes, había un sonido particular que venía pero todavía no lograba percibir de dónde, ni tampoco hacia dónde iba. Era una mezcla del viento que anticipa una tormenta, y del viento sur que viene luego de una fuerte lluvia - no entendía -. Continué caminando y comencé a pisar pequeños y medianos cristales dorados, sentía que se estrujaban y se atiborraban en distintos sonidos, se estremecían, yo también me estremecía, no quería pisarlos, pero debía seguir caminando.. Bueno.. quería seguir caminando.

De pronto un paraíso anaranjado bloqueó mi mirada, no quería pensar en que las raíces iban a perderse, pero debían perderse, algunas que alguien en algún momento me aconsejó me desarraigue pero yo con mucha terquedad no quise.

Todas esas raíces perdidas habían florecido, casi sin que yo me dé cuenta, y ahora se encontraban perdidas dentro de ese paraíso anaranjado. Eran las cosas de las que debía desprenderme, había llegado el Otoño.

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